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Juan Diego protagoniza sobre las tablas "La lengua madre".

Juan Diego protagoniza sobre las tablas “La lengua madre”.

El idioma de una tarde de lluvia presupone un sustantivo, “paraguas”, un adjetivo, “húmedo” y quizás un adverbio, “aprisa”… Las combinaciones pueden componer menús  más o menos vulgares o atrayentes, genuinos o apócrifos, pero, solo basta un sí o un no para dejarse balancear por esa composición… alfabética… o aleatoria… de las palabras.

La posibilidad de un parking se había hecho efectiva desde los primeros minutos de actividad del limpiaparabrisas. En esos momentos, los horribles subterráneos te acogen con todo su potencial tarifario ávido de neumáticos cansados. El reto de las escaleras con ingredientes olfativos suscitaba el mismo desagrado de siempre, pero el acceso a la salida fue rápido y acertadamente orientado por L. Disponíamos de treinta minutos y apetecía entrar en un café antes de saborear el texto de Juan José Millás subido a un escenario. En la barra, las dos bebidas se preguntaban si el actor Juan Diego, el encargado de defender el monólogo que íbamos a ver, acogería toda la resonancia de la que son capaces los dardos del autor. Ironía, observación, sagacidad…

Una fila no tan inesperada en el Teatro Bellas Artes nos hizo resguardarnos durante unos minutos debajo de ese techo que ilumina con tanto glamour. Los minutos de espera acompañados por el escaparate de la librería Antonio Machado se hicieron mucho más sugerentes. El radar saltó automáticamente y seleccioné, en apenas unos segundos, Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan y Zuckerman encadenado, de Philip Roth. Por fin los dispositivos leían el código de barras de esa Fila 9 –con el encanto que tenía que te arrebataran esa esquinita de la entrada…– y accedíamos al patio de butacas. Fuera de hora seguía entrando público hasta completar prácticamente la sala. En el escenario, un escritorio provisto de una jarra de agua y un vaso. A continuación, papeles, muchos papeles transportados por un Juan Diego que aparecía en escena preparado para dar una conferencia sobre la lengua. Pero ni sus lentes –que vestían y desvestían su gesto–, ni el María Moliner, que también andaba cerca del actor, intuían la profundidad del viaje que se avecinaba. La voz y la palabra. Todo era Juan Diego y todo era Millás. Imposible no entrever en cada frase el sello del articulista. Improbable no fascinarse con la personalidad del actor.

Una tarde de lluvia...un patio de butacas.

Una tarde de lluvia…un patio de butacas.

Ese conferenciante despistado sobre las tablas, más allá de recalar solamente sobre la importancia de las palabras, comienza a recordar. Y en ese viaje, el público comienza a escuchar y a ver, y a recordar también, porque las imágenes que le vienen a la mente a Juan Diego, las de su niñez, están llenas de ecos no tan lejanos. Y de un recuerdo al otro, de una asociación hilarante a una palabra que produce miedo e incluso tristeza, va tejiendo una fotografía sutil, inteligente, tierna. Si hay personas sin personalidad, también habrá mesas sin mesalidad y sartenes sin sartenidad; de la misma manera que, aplicándonos a los géneros, los niños deberían montar en bicicletos y las niñas comer garbanzas. Ocurrente y más que entrañable con esas visitas a la infancia en las que se escondía debajo de la mesa para escuchar a los amigos de sus padres: hablar. Y es en ese mismo escondite donde indaga, analiza y recorre las distintas texturas del lenguaje. El mismo lenguaje con que los mercados, los bancos, la crisis se encarga de irnos depositando cada día en una herida nueva del paisaje. Y también ese otro lado del lenguaje convulsionado por la pérdida de sentido, de significado: sanidad pública, educación pública, justicia… Porque a Millás, no se le escapa ningún escenario y regala observaciones del tipo de “hoy en día, el que no tiene un crédito, está desacreditado”.

Literatura y teatro en esta estupenda representación y una interesante mirada verbal para esa tienda de palabras que quiso abrir el autor cuando era pequeño. Un espacio donde vender sustantivos, adjetivos, adverbios… y que la gente pagara por cada esdrújula que se llevara… Como esos primeros escritos de Hemingway (aunque fuera un micro como “Vendo zapatos de bebé, sin usar”), en los que cobraba por palabra escrita.

La lengua madre

Teatro Bellas Artes, del 9 de enero al 3 de febrero de 2013.

Mila Valcárcel

Written by Ábrete, Sésamo

0 Comments

  1. Marga

    Me ha encantado esta manera de contarnos cómo se pasó esa tarde de teatro. Su préámbulo primero, las sensaciones anotadas tras ver la obra después, invitan a comprobar por uno mismo, que todas sus percepciones están o no en sintonía con las mías. Por último este relato nos invita primero a desear que continúe y a apaciguar la repentina curiosidad por ver la obra después.
    Los aludidos (Juanjo Millás y Juan Diego) deberían sentirse afortunados y agradecidos.

    1. Mila

      La intención es crear interés en el propio texto de Millás, en la interpretación de Juan Diego y… también…en esa tarde que disfruté… Gracias por compartir tus impresiones y por tu generosidad en lo que dices.

  2. mercedes

    Me parece muy sugestiva la forma de describirnos su llegada en una TARDE LLUVIOSA al Teatro de Bellas Artes para ver LA LENGUA MADRE.

    Ya te va introciendo en ese ambiente mágico y excitante que ella tan bien describe. La represen-tación de Juan Diego. Su cometario sobre la obra te traspone a ese ambiente, y te deja con el gusanillo de sentir comprobar por uno mismo esas sensaciones que ella describe.

    Muy bueno tu comentario Mila. Sigue escribiendo, y te seguiremos leyendo

    1. Mila

      Me encanta saber que la curiosidad y el interés van creciendo gradualmente dede el inicio del texto… pero mucho más, el haber creado el suficiente “gusanillo”, como tú dices, para desear ir a ver la obra.

      Un beso muy agradecido

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