“Cantina”, un refugio en el Matadero para las tardes de otoño

“Cantina”, un refugio en el Matadero para las tardes de otoño

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La Cantina ocupa la antigua caldera del Matadero convirtiéndola en un rehabilitado espacio vanguardista donde repostar antes de la proyección o debatir sobre la película al terminar la sesión.

La Cantina ocupa la antigua caldera del Matadero convirtiéndola en un rehabilitado espacio vanguardista donde repostar antes de la proyección o debatir sobre la película al terminar la sesión.

Existía algo de ficticio en el paisaje otoñal que se había instalado en Madrid. De un día para otro las hojas se habían caído y se acomodaron en el suelo como un atrezzo que intentaba simular una ciudad en cambio. En la entrada principal del Matadero, justo al lado de la plaza de Legazpi, se alzaba el antiguo deposito de agua ahora transformado en punto de acceso al recinto. Encantado con las artimañas del tiempo se puso a llover en un intento certero de invitarme a entrar. El olor a tierra mojada me empujaba a quedarme en la calle, saltarme las normas, buscar mi reflejo en los charcos y abrir la boca para beberme el cielo. Mi yo civilizado invadió esa parte soñadora que a veces tropieza con la realidad, y encontró un refugio con bombillas en la fachada de ladrillo y un letrero iluminado, la Cantina.

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Al entrar, un pasillo me condujo hasta el interior de la cafetería para dar paso a un espacio diáfano y amplio. A mi izquierda los ventanales de la Cineteca servían como espejos que reflejaban las escaleras en forma de anfiteatro. Empecé a verlo todo con inquietud, y a pesar de guardar una estética industrial muy alejada de los cálidos cafés, sentía como si las paredes de ladrillo me arropasen. Habían pasado cinco minutos y todavía no me había sentado, bajé las escaleras y me planté en medio, frente al anfiteatro, parecía que estaba encima de un escenario. Elegí una mesa de madera individual y me senté en un silla de cartón frente a la antigua caldera. Levanté la vista y me fui fijando en las lamparas que colgaban del techo, en la ventana redonda que parecía un ojo expiatorio, el tocadiscos, los discos de vinilo, las velas encima de las mesas, la rampa que conducía a la terraza exterior y la barra repleta de colores e ingredientes. Quizá, sin pretenderlo, mi tripa empezó a rugir al ver desfilar las empanadas, los quichés, las tostas saladas, los sándwiches especiales con pan de hogaza, las galletas de jengibre, los zumos ecológicos y un sin fin de apetitosas tentaciones que preparan el equipo de Olivia Te Cuida. Así es su filosofía: “les gusta comer casero, sano, ecológico y con un toque gourmet en un ambiente acogedor”.

cantina ábrete, sésamo blog

No dejaba de tener gracia que estuviera sentado en una silla de cartón, bebiendo un zumo de manzana ecológico y pensando en esa desgana otoñal que me alejaba del verano. Habían sido unos meses de montaña, sol, atardeceres en la playa, caminos de ida y vuelta y terraceo. Ahora tenía una cosa clara; lo mejor del otoño era respirar en los cafés, charlar en los cafés y escuchar los murmullos de la ciudad desde dentro. Puse distancia entre la mesa y la silla y me dirigí a la terraza exterior. Me di cuenta de que habían encendido las bombillas que se unían a través de cuerdas de un extremo a otro; me recordaban a las cuerdas que teníamos en el patio de casa para tender la ropa, ya era de noche.

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Fotografías: ‘Ábrete, Sésamo’.

Desde fuera se escuchaba el bullicio de dentro. La terraza estaba vacía, las mesas mojadas y la barra cubierta con un plástico. Por un momento parecía estar en dos sitios diferentes; dentro, la gente estaba viva, hablaba con efusividad y bebía. Fuera, de brazos cruzados, esperaba quedarme inmóvil para que la brisa me enviara lo que estaba esperando desde que había llegado.

Tenía el convencimiento de que no iba a llegar, pero por alguna extraña razón me gustaba estar de pie, como un tonto. Imaginaba la terraza llena en los días de primavera, las jarras frías, los maceteros de madera con pequeñas plantas… Me resultaba estimulante. Miré el reloj por primera vez, se estaba retrasando. Ya había pasado más de una hora y todavía seguía esperando. No era algo doloroso, cuando se asume una realidad el dolor deja paso a la esperanza, sabía que no iba a venir. Volví a entrar, pagué la cuenta, subí las escaleras, miré en el cristal de la Cineteca y entonces vi su reflejo justo en la misma mesa donde había estado sentado durante una hora. Dudé unos segundos, pero al final salí y volví a casa paseando. Entonces me di cuenta de que la felicidad, ese estado liquido que se escurre de las manos, se vuelve solido cuando tomamos nuestras propias decisiones y seguimos caminando.

  • Horario: de Martes a Viernes de 16:00 a 00:00 horas, y Sábados y Domingos de 13:00 a 00:00 horas.
  • Paseo de la Chopera, 14 (VER MAPA, cómo llegar).

Jerónimo Carmona Garzón

Written by Ábrete, Sésamo

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