“Elegy”, el drama de los refugiados a golpe de belleza

“Elegy”, el drama de los refugiados a golpe de belleza

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Andrés Requejo protagoniza Elegy, un monólogo dirigido por Carlos Alonso Callero, donde la tragedia de los refugiados se presenta ante el público con una poética cargada de fuerza y movimiento.

Al drama se le puede mirar con muchos y diferentes ojos. Está la mirada de quien lo sufre, también la de quienes con la barrera de una cámara, lo fotografían; los ojos “escuchantes” de quien asiste al relato del drama vivido, y la implicación o impavidez en la mirada de quien tiene el poder de remediarlo. Cuando cuentas una historia dramática, creo que lo fácil es tomar la versión de quien lo vive, buscar la lágrima, y regodearse en el sufrimiento, así el mensaje suele llegar antes – que no de forma más efectiva- al espectador. Elegy es especial porque emplea testimonios reales, pero convierte el drama en algo bello, limpio de oscuridad forzada, sin que deje de palparse el horror.

elegyCarlos Alonso Callero dirige el texto de Douglas Rintoul, basado en las entrevistas a refugiados iraquíes en Siria, a quienes escuchó -y retrató- el fotoperiodista Bradley Secker.

Andrés Requejo (que además traduce la obra) se muestra inmenso sobre el escenario, dándole vida y voz a cientos de perseguidos, ciudadanos de ninguna parte, repudiados, en este caso, por su orientación sexual. Dando saltos en el tiempo y las emociones, viaja por sus recuerdos, posándose, con una fragmentación propia de cualquier memoria, en los instantes que para bien o para mal han determinado su vida.

El movimiento en escena de Andrés -asesorado por Fredeswinda Gijón– nos invita a bailar con él desde la ilusión de un primer amor, a la tragedia de una tortura, de la sonrisa que dibuja una mirada cómplice, a la terrorífica incertidumbre de unos gritos ininteligibles en un centro de detención.

Matías Carbia es el encargado de diseñar el único elemento escénico que hay ante nosotros: una silla. No hace falta nada más. Este insulso mueble se convierte, en manos del actor, en amante, compañero, refugio, o cuerpo inerte. Realidades que toca, que tocas. La iluminación de Marta Cofrade y la música original de David Good acunaban los perfectos movimientos de un Requejo que cargaba con el alma de otro, convirtiendo el espacio de Nave 73 a veces en una plaza donde veías una ejecución, y otras en apacible cafetería donde conversar con amigos.

Elegy tiene la virtud de ponernos ante un drama tangible, pero sin apelar al rencor, si no desde la sensibilidad que genera la ignorancia del protagonista, víctima de unos hechos que se escapan a todo entendimiento medianamente humano. En la obra no pierdes de vista la realidad, está ahí, delante de ti, pero la vives a través de una belleza inocente que recorre el escenario y recupera a su antojo la memoria colectiva.

Una mano izquierda atada a una silla para forzar un hábito. Una tarde en el río, confiando en los brazos de quien ama para lanzarse a nadar. La respiración angustiosa provocada por una bolsa en la cabeza. El baile desinhibido de quien es feliz. Lloré, y fue por detalles como estos, nada que ver con un drama fácil creado para recibir lágrimas sin dejar más poso que unas mejillas saladas.

La limpieza en la interpretación de Andrés Requejo, su mirada, sus gestos, el tono de su voz, la historia, su baile. Nada es cuestionable en esta función, al menos así la recuerdo. Pero id, y  descubrir un drama contado como pocos saben; escuchad, atónitos y con la garganta queriendo llorar, unos versos pronunciados al ritmo de su canción. Pero sobre todo respirad profundo el olor de las naranjas en el velatorio del funeral de todo Irak.

 

Iduna Ruiz de Martín

Written by Ábrete, Sésamo

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