No hagas teatro

No hagas teatro

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No hagas teatro.

No juegues a disfrazarte. No lo hagas cuando eres niño. No uses jamás esa frase casi agramatical «Hacíamos que éramos…» seguida de a saber qué más, que te llevará a pensar que tú no eres tú. No robes los vestidos a tu madre. No te pongas jamás sus tacones. No destroces su barra de labios. No arrugues la corbata de tu padre si no sabes hacerle nudos. No lo hagas. Porque si lo haces, cuando seas adulto disfrazarte ya no va a significar nada. Cuando llegue carnaval y el resto del mundo decida travestirse en la calle, tú no querrás hacerlo. Porque ya te conviertes en otro cada fin de semana.

No decidas hacer teatro como actividad extraescolar.  No dejes que otros niños jueguen contigo a contar otras historias que no son las vuestras. No dejes que tus padres, tus profesores, tus compañeros, te vean disfrazado de pastorcillo. No te expongas. Porque si lo haces, vas a querer repetir esa sensación. Esa sensación de estar ahí, en ese preciso momento, contando esa precisa historia con la que ellos, esos que miran, se divierten. Y te vas a enamorar de pertenecer a ese momento. Y vas a querer repetirlo.

No entres en una escuela. No dediques tiempo a aprender textos. No destierres de tu memoria las matemáticas que te enseñaron en el colegio para hacerle hueco a las palabras de otros. No aprendas esas palabras. No sepas que Nora no dio jamás un portazo. No quieras ser Laurencia frente a ese consejo de hombres. No pretendas comprender por qué no hay ninguna cantante calva. No busques a Godot. No veas jamás un bosque moverse. No creas que la señora es buena, la señora es guapa, la señora es dulce. No conozcas el teatro bajo la arena. Porque si lo haces acabarás queriendo formar parte de esas historias que otros soñaron. Acabarás queriendo contarlas tú. Y empezarás a pensar que son incluso más reales que tu realidad.

No formes una compañía. No pierdas tiempo ensayando cada tarde. No busques un local grande con un suelo como para andar descalzo. No desperdicies las horas repasando el texto en casa. No hagas pensar a tus vecinos que estás loco repitiendo el texto en voz alta una y otra vez. No quedes mal con tus amigos para los que ya nunca tienes un momento. No sueñes con tener tu sala. No trabajes sin cobrar un sueldo digno. Porque si lo haces debes saber que trabajarás cuando el resto del mundo esté en sus momentos de ocio. Y también cuando el resto del mundo esté trabajando, porque no vas a poder pagar tu alquiler con lo que ganes con ese espectáculo.

No te subas al escenario con esa obra que has trabajado. No te desvistas cada noche para ponerte esa ropa que es para ti pero no es tuya. No te maquilles. No aprendas a maquillarte. No aprendas a peinarte. No cierres los ojos cada vez que sales del camerino para entrar en esa sala vacía. No hagas abdominales. No calientes el cuerpo. No calientes la voz. No abraces a tus compañeros antes de que el público entre. No les sonrías. No sepas, más que nunca, que sois un equipo y que si uno falla está el resto para salvar. Para salvaros. Para salvarlo todo. No mires a cada espectador. No veas como ríen, cómo tratan de no llorar, cómo se enfadan. No sientas ese silencio cuando la función acaba y las luces se apagan. Porque si lo haces, si llegas hasta ahí, los aplausos que te van a regalar van a ser más fuertes que todas esas horas de ensayos. Que todo el trabajo que te ha supuesto aprender ese texto imposible. Que todos los moratones que te has hecho cuando repetías una y otra vez ese movimiento. Que todos los enfados que tuviste con ese compañero que nunca llegaba a su hora. Esos aplausos serán más fuertes que todas esas voces que te han susurrado, y gritado, «Y de qué vas a vivir», «Pero por qué no buscas trabajo de lo tuyo», «Y para qué hiciste esa carrera».

No hagas teatro. No hagas teatro porque, si lo haces, esos aplausos van a compensarlo todo. Van a colocarte ahí, exactamente en ese lugar al que perteneces y del que sabes que no quieres salir. Van a regalarte ese momento de orgullo que uno siente cuando sabe que su trabajo merece la pena. Que merece la pena compartirlo. Que merece la pena regalarle esas historias, más reales que la realidad, a cada una de las personas que ahora agita las manos y sonríe. Los instantes de magia que se generan entre todos, porque ellos, los que miran, y vosotros, los que hacéis, os entregáis al otro bando. Sin luchas, sin enfrentamientos. Por un momento la oscuridad que separa la escena de las butacas es ínfima, casi inexistente. Y ellos son tú y tú seguirás siendo ellos. Porque tú estás ahí gracias a ellos y ellos… están. (Gracias). No hagas teatro, porque si lo haces comprenderás cuánta belleza hay en un trabajo al que todo el mundo acude con una sonrisa. Siempre. No hagas teatro, porque si lo haces no querrás hacer nada más.

Luna Paredes, actriz.
@luna_paredes

Written by Ábrete, Sésamo

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