Tocando el cielo en La Cocina de San Antón

Tocando el cielo en La Cocina de San Antón

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La tarde de ayer la empecé salivando. Estábamos invitados a la celebración del aniversario de La Cocina de San Antón, situada en la azotea del Mercado madrileño que comparte nombre del santoral.

En la calle, desde la puerta de entrada, la mirada se perdía entre los incontables colores que iluminaban la primera planta. No, no es que hubiera feria y colgaran banderines de todas partes (que también), si no que se debía a las cesta llenas de frutas enormes y coloridas que tapizaban estanterías y puestos.

Frutas del Mercado de San Antón

Frutas del Mercado de San Antón

Kiwis, naranjas, mangos, fresas… Nada más entrar ya nos sentíamos en el Paraíso del que tantas religiones hablan. Yo lo tengo claro, en mi Edén que no falten frutas exóticas, y si son como las del Mercado de San Antón, mejor.

Siguiendo la estela de colores, olores, carnes, pescados, puestos de artesanía, y pasteles sugerentes; llegamos hasta unas escaleras que nos prevenían de algo muy bueno con un camino marcado por pétalos de rosas.

Al final de estas señales olorosas, se encontraban la imagen de un dios hindú que no consigo identificar, perfectamente custodiado por velas e inciensos que creaban un ambiente idílico antes de lanzarnos a nuestra invitación.

Dos cerditos miraban fijamente el muro que anunciaba lo que había tras las puertas acristaladas: “Es motivo de satisfacción subir al cielo de La Cocina de San Antón”. Y tenía razón, aquello era el Paraíso del paladar, cortesía de Cinco Jotas.

san anton 3Y por fin se abrieron las puertas de este restaurante celestial; pero no aguardaba un San Pedro, si no dos jóvenes ataviados con el sari y trajes típicos de la India que nos dieron al bienvenida. Con el bindi en la frente, camareros sonrientes nos ofrecieron incitantes copas de vino blanco, tinto, o rosado, cerveza, copas, o refrescos. Si no bebías, era porque habías inventado una excusa previa.

Decenas de personas fuimos desperdigándonos por toda la terraza, entre conversaciones interesantes, abrazos gratuitos, y lanzamiento de tarta a dos sufridos animadores. Música típica hindú de fondo ponía melodía a las miradas cómplices, gestos de admiración, y rostros agradecidos de estar pasando las horas en un lugar tan resguardado como expuesto.

La Cocina de San Antón no pretendían emborracharnos sin más, así que los camareros empezaron a ofrecer pequeños manjares gourmet. Jamón y lomo Cinco Jotas, paté con mango y granos de sésamo, salmorejo… Los ojos se abrían cada vez más cuando una curiosa nariz detectaba un aroma diferente, y ya después el gusto se encargaba de hacernos suspirar por lo que acabábamos de probar.

san anton 1La noche pasó rápido, al menos para nosotros que teníamos compromisos más allá de la realidad allí paralizada. Como si de Cenicientas se tratase, dejamos las copas vacías y volvimos a recorrer las escaleras que nos llevaron a ese lugar encantado, pero esta vez dejando detrás de nosotros los pétalos de rosas.

El sabor de las copas de vinos y el jamoncito nos lo llevamos con nosotros hasta la próxima ocasión de visitar La Cocina de San Antón y podernos recrear algo más en esas vistas madrileñas, y revivir las texturas y sensaciones provocadas al probar grandes y pequeñas delicias.

Iduna Ruiz de Martín

Written by Ábrete, Sésamo

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