“Un trozo invisible de este mundo” pone al público en pie

“Un trozo invisible de este mundo” pone al público en pie

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Sergio Peris-Mencheta dirige “Un trozo invisible de este mundo”, un texto escrito por Juan Diego Botto, quien junto a la actriz Astrid Jones dará vida a los cinco monólogos que componen la obra.

trozo_invisible_mundoEnormes maletas sin dueño esperan flanqueando una cinta transportadora que va a desperdigar por el suelo, sin el menor remordimiento, las posesiones de quienes confiaron en empezar una nueva vida portando sólo un equipaje de mano, más pesado por los sueños que carga que por lo material que contiene su interior.

Tras un silencio bañado por la anaranjada luz de emergencia, un agente de policía, interpretado por Juan Diego Botto, se encarga de explicar las reglas del juego al público, que como un rebaño ordenado mostramos nuestra pegatina con el número 2801, ya se sabe que para estos asuntos el nombre es lo de menos. Su trabajo consiste en no dejar que nadie más entre en el país, tiene que mantener el orden de la sociedad intacto, responde al principio de Arquímedes, no es nada personal. ¿Cómo vas a vivir entre nosotros si no sabes ni tararear nuestro himno? es sólo una de sus obvias preguntas. Entre la ironía y el dramático discurso que podemos escuchar a algunos individuos, esbozamos sonrisas asustadas por los temas que se ponen sobre la mesa: inmigración, xenofobia, pura demagogia .

El siguiente monólogo, igual de real que su precedente, nos sienta frente a las puertas de un locutorio, escuchando la conversación que cada día tienen millones de inmigrantes en nuestro país. La distancia se torna eterna cuando quienes están al otro lado del teléfono son tus seres queridos, un hijo, una mujer, tus amigos. “Merecer la pena” es una expresión que se debilita con cada minuto encerrado en aquel rincón de conversaciones anhelantes.

timthumb.phpAstrid Jones entra en escena con un escalofrío que despierta todas las alertas que aún pudieran quedar dormidas. Ella es una inmigrante subsahariana, aparece sentada en la cinta de equipaje, y como un bulto más se presenta ante nosotros recordando la historia que algún día quiso contarle a su hijo. Su lucha, su coraje. La voz de Jones se clava hasta que eres capaz de asimilarla y reponerte. El gutural canto que la trasporta a su infancia y sus dulces palabras no ayudan a contener las emociones que empiezan a desbordar los ojos. “Yo nunca recibí al nacer el papel que me daba la propiedad de un trozo invisible de este mundo. Cuando yo era como tú pensaba que la vida era dormir y comer y aguantar un día más. Para mí la vida era simplemente no sufrir, restarle horas a la muerte. Te digo esto, hijo mío, porque necesito contarte qué pasó…” Y a partir de ahí, una realidad marcada por el engaño, las ilusiones robadas o la dejadez de quienes tienen que proteger al débil, te rompe en la cara.

Ella es quien devuelve a la vida la historia de Samba Martine, que murió tras pasar 40 días en el Centro de Internamiento para Extranjeros de Aluche, tratada con pomadas y pastillas para la ansiedad cuando lo que de verdad padecía era SIDA.

En otra de las vidas que suben al escenario un hombre relata entre el sarcasmo y la desesperación el episodio en que descubrió cómo un perro golpeado conmueve más el ánimo de los viandantes en Central Park, que los gritos de dolor de un vagabundo.

Astrid Jones, Sergio Peris-Mencheta (director de la obra) y Juan Diego Botto

Astrid Jones, Sergio Peris-Mencheta (director de la obra) y Juan Diego Botto

Sergio Peris-Mencheta dirige con absoluto acierto el texto de Juan Diego Botto, cincos historias, todas reales, nacidas de conversaciones con diferentes ONG´s, titulares de prensa, testimonios directos, y de su propia necesidad de sacudir una sociedad que ha dormido durante muchos años en que él, junto a su familia, pedía justicia. De hecho, uno de los monólogos gira sobre las torturas practicadas en la Escuela de Mecánica de la Armada en Buenos Aires, donde su padre desapareció víctima de la dictadura de Videla.

Son cinco vidas que tienen en común el drama de quien se siente fuera de su pequeño trozo de mundo, sufre el desarraigo, la incertidumbre de no saber qué deparará un nuevo día, o injusticias que han tragado a la fuerza. La inmigración arrastrada por la fría cinta transportadora es el eje en torno al que se mueven los cinco habitantes invisibles, pero es una obra que habla de algo mayor, de la humanidad desbocada, de la somnolencia provocada por la costumbre, de la falta de sensibilidad colectiva.

Cuando las luces se apagan, tras unos segundos de silencio absoluto, con el mareo de la sacudida aún intacto, estallan los aplausos. Se encienden las luces y todo el público estamos en pie. La sensación de ver a tanta gente valorando con un agradecimiento tan sincero una obra es realmente emocionante, inevitable la piel de gallina. El rostro de los actores era, junto con el acompasado sonido de manos, lo más bonito de aquel final.

Antes de abandonar la Sala 1 de las Naves del Español, sólo consiguió silenciarnos otro grande, porque a través de Juan Diego Botto tomó la palabra Federico García Lorca para terminar de dejar las cosas claras:

Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo

Un trozo invisible de este mundo

Matadero. Naves del Español (Sala 1)

Hasta el 8 de junio, de martes a sábado a las 20h y domingo a las 19h. A partir del 1 de junio de martes a domingo a las 20h.

Entradas

Iduna Ruiz de Martín

Written by Ábrete, Sésamo

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