“Una puta mierda”, los niños perdidos y el circo romano

“Una puta mierda”, los niños perdidos y el circo romano

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una_puta_mierda_Eran las 23.30 del sábado. La medianoche susurraba a todas las “cenicientas” que estábamos en la Sala Nada, expectantes ante una función con un título tan provocativo como Una puta mierda. 

Antes de que sonaran las campanadas, subimos al tren que manejaba el actor Trigo Gómez y dirigía Camilo Vásquez. Con estos datos útiles, en los que resumo a los protagonistas, la sala y el nombre de la obra, me despido de la crítica -más políticamente correcta- hasta nuevo aviso. Esta vez siento la necesidad de reflexionar sobre el teatro, la valentía de algunos actores, y la falta de respeto de determinados individuos con lo que compartí el nombre de público. Quienes esperéis un artículo teatral al uso, podéis dejad de leer. Los curiosos, seguidme.

Antes de nada debo ser sincera con los responsables de la obra, porque para bien o para mal, en eso consiste mi labor en Ábrete Sésamo. El texto que pone en pie Una puta mierda no me convenció, no me provocó ninguna emoción, y eso, en mí, es desconcertante. La propuesta son siete monólogos en los que se intuye una crítica a la sociedad corrosiva, superfical, corrupta, en que nos movemos; pero el modo de hacerlo, para mí, era en ocasiones muy evidente, en otras, soez, y cuando tocó el turno de darle voz a Calderón de la Barca y La vida es sueño -que siempre me obliga a incorporarme, ilusionada, en la butaca- el actor ya había perdido la magia por culpa de situaciones ajenas a él, y la calabaza hacía tiempo que dejo de ser carruaje. Sentí frustración, sé que Trigo Gómez, en otras circunstancias, con otro texto, podría haberme hecho sentir algo.

una puta mierda
Empiezo a desglosar mi cabreo. Programar TEATRO -lo pongo en mayúsculas para excluir a musicales, monólogos tipo El Club de la Comedia, o improvisación; por pura simpatía personal, nada más- a las 23.30 un sábado es un insulto a todos los profesionales que han dedicado horas e ilusiones a ese proyecto. La razones a las que he aludido cuando me han preguntado, las reforzaron mis compañeros de sala, entre los que había un grupo que -como es normal dadas las horas-, habían dedicado los momentos previos a la función a bañar sus conversaciones con alcohol, y compartían su alegría con todos nosotros. Con el actor, también. Trigo Gómez es un profesional, y supo lidiar con las risas a destiempo, los comentarios jocosos, las conversaciones con él en mitad de una declamación, o las interrupciones cuando era el turno de la poesía. Pero yo no soy actriz, no soy profesional, y como espectadora soy cada día más intransigente, así que mis compañeros espectadores contribuyeron a que el montaje no me atrapara, y a que me indigne ver que se programa teatro a determinadas horas no aptas para la plena atención sobria. Viva el vino, las reuniones con amigos, y los planes teatreros; pero señores, invirtamos el orden, que el teatro se merece un mínimo de respeto.

una puta mierdaAhora voy a explicar porqué aplaudí al terminar la obra, y porqué no fue un aplauso falso. Mi ovación iba para él, para ese actor que se enfrentó durante 70 minutos a unos rostros que banalizaban o juzgaban su trabajo.

La transición entre monólogos era un momento de completa desnudez para el actor, que se maquillaba y vestía delante de nosotros, sin bambalinas de por medio; y yo pensaba “qué jodido debe ser esperar aplausos y no tenerlos, escuchar los susurrros de la gente y no saber qué están opinando de lo que haces, oír un bostezo o ver un ceño fruncido y no saber qué significa”. Sufrí frente aquel hombre, porque me han dicho mil veces lo clarito que hablan mis ojos, y no quería que le dijeran, mientras actuaba, que no estaba acompañándole en aquel viaje, que me había bajado del tren hacía tiempo. Quería que mi cara, además de pesar transmitiera un “eres un valiente”, pero no sabía si era capaz de hacerlo.

una puta mierdaQuizás me siento más responsable de lo que debería, pero el hecho de pensar que estas líneas pueden leerlas decenas de personas, me presiona. Alguna vez he hablado con una amiga acerca del ego de los artistas, que lo tienen, en general, más alimentado que una persona que se dedique a cualquier otra profesión. Y los justifico diciendo que desnudan su alma frente a cientos de ojos que, sin saber casi siempre el trabajo que hay detrás, decretan muerte o vida a un proyecto que nació de un sueño o que les ha mantenido despiertos noches enteras, que les obliga a renunciar a personas o momentos. Me imagino al actor o director de una pequeña compañía eligiendo vestuario, pensando la escenografía, enviando el texto a gente de confianza para que lo lean, sonriendo nervioso el día del estreno, incluso poniendo a punto los amuletos que pueda llevar consigo; y de pronto me veo allí, frente a Trigo Gómez, con su monólogos delante, con la firme intención de llegar a cada uno de nosotros con sus palabras y su actuación, y yo sintiéndome fría, incapaz de corresponder a su esfuerzo, y me da pena.

Para concluir, te sonrío ahora, querido actor, y te digo de corazón que volveré a buscarte en los escenarios, porque admiro tu profesión, la manera de pelear en ese circo romano que son las funciones con público complicado, porque sé lo que supone que juzguen algo que ha nacido de tu imaginación, porque la incertidumbre de qué pasara mañana es algo que define tu esencia y la mía, porque tú también vives en el Nunca Jamás del que hablaba Antonio Velasco hace unos días, y allí, todos los niños perdidos nos saludamos y entendemos.

Una puta mierda, dirigida por Camilo Vásquez e interpretada por Trigo Gómez

Sala Nada (Calle Santa Ana, 6), los sábados a las 23.30h.

Iduna Ruiz de Martín

Written by Ábrete, Sésamo

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